Sigena mágica. El sueño hecho realidad.

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El impulsor de la iniciativa, Juan Naya, y uno de los alfarjes reproducidos a escala real por el maestro alarife jienense Paco Luis Martos.

Hasta el 11 de junio se pudo ver en los antiguos depósitos del parque Pignatelli de Zaragoza. Una recreación fiel de las pinturas murales y artesonados de la sala capitular del monasterio real de Santa María de Sigena (Huesca), calcinada en 1936, impulsada por el astrofísico Juan Naya, consejero delegado de Isdin y natural de Villanueva de Sigena.

Secuela de ‘Sigena, la magia de un sueño‘, premio Hispania Nostra 2019, y del documental homónimo, la exposición, por la que han pasado ya más de 15.000 visitantes, describe la magnificencia de la sala del cenobio oscense incendiada al inicio de la contienda por una columna de milicianos catalanes. Poco después, la Generalitat se hizo cargo de las pinturas para evitar que sufriesen más daños. Tras una discreta restauración en 1940, se depositaron en el Museo Nacional de Arte de Cataluña (MNAC) hasta hoy.

Naya rememora los paseos estivales de su niñez con su abuelo por las inmediaciones del convento y los relatos de mi abuela sobre el esplendor de la sala. Intentaba imaginarla, pero era muy difícil a partir de los restos, explica. En 2007, se empeñó en replicar pinturas murales y alfarjes con la ayuda de historiadores, restauradores, especialistas en nuevas tecnologías y del maestro alarife jienense Paco Luis Martos, Premio Nacional de Artesanía 2022. Para recrear las escenas, bestiarios o plantas exóticas, sus colores y brillos, recurrieron al escueto archivo en blanco y negro de Josep Gudiolm, comisario de la Generalitat para el Salvamento del Patrimonio Artístico en 1936, al MNAC o a la acuarela ‘Diluvio’ (1919), de Domenech i Montaner.

La exposición es un viaje iniciático desde 1188, año de su fundación a expensas de Dª. Sancha de Castilla tras fallecer su marido el rey Alfonso II de Aragón, en la que participaron artesanos −quizá llegados de Tierra Santa y bregados en la tradición bizantina, el románico inglés y la decoración musulmana− que convirtieron la sala en una joya del románico europeo de la época, describe Naya. Esta segunda parte del proyecto se basa en las pinturas murales −ya digitalizadas y, por tanto, susceptibles de escalar, proyectar o imprimir−, y los alfarjes. Y así queda de manifiesto en sus secciones: ‘Genealogías’, que recrea la reconstrucción de parte de sus 70 efigies; ‘El arte de la madera’…

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Naya ante escenas murales, también a escala real, de la sección de la exposición ‘El pueblo elegido’.

Si bien la película narraba cómo a partir de un sueño comenzó el proyecto y cómo descubrimos personas y lugares que nos depararon las claves para desentramar enigmas, la sala apenas se ve… Fue intencionado: queríamos que las reproducciones que hemos hecho se pudiesen ver y tocar… Tras la película, nos volcamos con la realidad virtual y la exposición nos ha brindado la todos la oportunidad de admirar sus detalles a escala real.

El colofón de iniciativa son dos primicias: la proyección de ‘La crucifixión’ de cinco metros, que estaba encalada y se ignoraba como es; y la posibilidad de adentrarse en el claustro y experimentar la sala merced a unas gafas de realidad virtual 3D. Es un sueño cumplido. La entrada es gratuita, no así la visita virtual: 6 eur. La recaudación financiará los artesonados que restan.

La reconstrucción fiel de los alfarjes

Martos ha replicado fielmente, a escala real, cinco de los doce artesonados de la sala: dos ya concluidos –el primero, de 4×2,5 metros, ocupa un lugar central en la exposición− y tres pendientes de estuco, pintura y dorado, detalla. Siempre se ha tenido por mudéjar, pero incluye caracteres cúficos y no los habituales de los siglos XIII o XIV, sino más antiguos. Quizá obra de fatimíes egipcios llegados ex profeso.

Ni en el fondo fotográfico ni en los techos, deteriorados además por la humedad, apenas se percibía un patrón de los caracteres. Parecían motivos vegetales; sin embargo, desciframos una frase en los frisos inferiores: ‘El poder de Alá’. Sonará paradójico, pero la convivencia intercultural era un hecho; además, los fatimíes eran ajenos a la radicalidad almohade posterior. Alá se podría traducir incluso como Jesús y sería correcto.

El propósito de este esfuerzo ha sido saber, y explicar, qué hubo en este monasterio de Aragón y por qué. Esclarecer estos misterios ha sido arduo: aunque las proporciones de la sala sean exactas −con connotaciones del Antiguo Testamento, como la coincidencia en codos con el Templo de Salomón−, cada alfarje tiene sus medidas y todos son un alarde de lacería islámica, pese a que no se desarrolló del todo hasta el mudéjar.

La técnica es común, pero las diferencias se deben a que era una época en la que la simbología era muy importante. Por eso los desarrollos geométricos o los colores y dibujos son distintos. Todavía no sabemos por qué son doce, si por el número de meses, las constelaciones, los apóstoles… Desde un punto de vista antropológico, es gratificante volver a hacer este trabajo casi mil años después, revisión histórica aparte, con la ayuda de programas de cálculo muy precisos para establecer su planimetría y proporciones exactas, concluye.

Para saber más sobre este impresionante proyecto: www.sigenamagica.com