El documentalista de los oficios

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Eugenio Monesma

Tras más de 40 años documentando oficios artesanales, sobre todo del mundo rural, saberes ancestrales, costumbres y rituales en trance de desaparición, leyendas, gastronomía tradicional o fiestas populares por toda España, hace dos años el realizador, productor y etnógrafo Eugenio Monesma (Huesca, 1952), decidió ‘subirlos’ a su canal de YouTube. Desde entonces, ha ido de sorpresa en sorpresa. Y todas gratas.

Desde aquel reestreno hasta hoy, el canal cuenta con casi 900.000 suscriptores y algunos de sus viejos documentales superan ya con creces los 4 millones de visualizaciones. Estoy abrumado por semejante acogida y, sobre todo, por los comentarios: ponen en valor mi trabajo de tantos años y, por supuesto, el de todos y cada uno de sus protagonistas, describe.

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Eugenio en pleno proceso de rodaje.

El éxito quizá se deba a que el público está harto de banalidad y sensacionalismo. Los protagonistas de mis documentales son personas que ejercen oficios y, aunque quizá sus técnicas resulten ajenas, son próximos y tienen interés humano, describe. En el momento de grabar programas como Oficios Perdidos para TVE, no era consciente del todo de la trascendencia de recoger aquellas viejas ocupaciones. Hoy sí. Desde finales de los 80 hasta 2020, Eugenio realizó con Pyrene, su productora, 3.200 documentales, tengo previsto subir al canal de YouTube unos 2.000. Con la ayuda de mis hijos, he digitalizado y subido ya 350.

Muchos de los oficios que inventarió en su enorme archivo audiovisual –tal vez el más importante de España− han dejado de ejercerse; aun así, he sido testigo de la llegada de jóvenes al medio rural, que están recogiendo su testigo. Por eso quiero que mis documentales se difundan todo lo posible: creo que aportan saberes y conocimientos de especial valor. Además, mi trabajo está motivando a más jóvenes aún, no solo españoles, empeñados en recuperar en formato audiovisual viejos oficios en sus respectivos entornos. Por otra parte, los medios para hacerlo son ya accesibles para cualquiera… A menudo me preguntan e intento orientarles en lo que cabe, explica.

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Hilando lana en Pobladura de la Sierra (León), 1988.

—Has sido notario de un sinfín de oficios. ¿Cómo lo hiciste? ¿Quizá como observador participante, interactuando de forma intensiva? Lo digo por la complicidad, más propia de un amante de los oficios que de un etnógrafo…
Así es. Siempre me he implicado muy a fondo con las artesanías. Por otra parte, si no hay esa connivencia es difícil obtener resultados, sobre todo con los viejos oficios. Es decir, ya fueran carboneros, caleros…, convivía in situ con los protagonistas todo el tiempo que durasen los procesos de trabajo.

—¿Con qué propósito? ¿Poner en valor la actividad, apostando por su continuidad?
Cuando empecé a recoger esos viejos oficios a principios de los 80 con una cámara Súper 8, ya era consciente de que muchos se perderían. De hecho, oficios como la alpargatería, la herrería, la forja o la filigrana corrieron un peligro muy real de desaparición. Mi intención fue recoger la totalidad de sus procesos, de principio a fin. Y si podía documentar cómo obtenían las materias primas, mejor que mejor. Así que implicarse fue clave.

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Jesús Cobos, Taller La Charamella (Zaragoza), construyendo un chicotén o salterio.

—Paradójicamente, oficios que mencionas han recobrado actualidad, ¿Todo retorna tarde o temprano?
Es normal. Y es un hecho que, últimamente, la artesanía se demanda más. El público se ha dado cuenta de los valores que representa. Tengo un compañero que está produciendo el programa Artesanía y decoración (Network) –que por cierto me encargaron a mí, pero no quise comprometerme con más cosas− y lo que está constatando es muy curioso: las viejas artesanías se están transformando de alguna forma en objetos ornamentales, pero de carácter artístico. La artesanía avanza de algún modo en ese sentido. Uno de sus programas, El fieltro y sus posibilidades en ornamentación y decoración así lo evidencia claramente.

—Y a la inversa, ¿has presenciado el nacimiento de algún nuevo oficio?
Sí. Asistí a la adaptación de oficios tradicionales a los nuevos tiempos y usos, como la forja o la herrería: de hacer aperos de labranza o herramientas a producir rejería artística y otras aplicaciones decorativas. Lo mismo sucedió con oficios de la madera, como la taracea o el bargueño… Artesanías así han sobrevivido, pero en muy pocas manos; los artesanos dedicados a estos oficios eran muy escasos. Los albarderos prácticamente han desaparecido; no obstante, siguen abiertos talleres de estupendos artesanos guarnicioneros.
Sin ir más lejos, en septiembre falleció Santiago Lozano, de Boltaña (Huesca). Durante muchos años se dedicó a recuperar las técnicas de trabajo en cuero, con un propósito más artístico y, a la vez, más funcional y de uso: desde esculturas a fundas de instrumentos o complementos personalizados. O sea, objetos artesanos únicos, no convencionales y poco comerciales. En Canfranc (Huesca), hay un zapatero de mi edad que no ha cesado de investigar y recuperar técnicas del calcero (calzado) medieval −y estéticas de otras épocas− y reproducirlo con los materiales empleados entonces. Siempre ha habido artesanos así, pero a pequeña escala porque el mercado no era, ni es, tan amplio como para sobrevivir con cierta holgura.

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Proceso de obtención de seda en El Paso, Valle de Aridane (La Palma), 1988.

—También han surgido confluencias: diseñadores o arquitectos se han asomado a la artesanía con mestizajes contemporáneos, pero de sabor tradicional…
—Está sucediendo con los viejos materiales de construcción para rehabilitar edificios. Al convertirse las construcciones de piedra seca en patrimonio de la Unesco, no solo se recuperó un viejo oficio sino que muchos jóvenes se han animado a emplear sus técnicas. Tengo una anécdota al respecto. Hace poco se puso en contacto conmigo una arquitecta mexicana: había visto el vídeo en el canal de cómo hacían antaño los tejados de losa y quería cubrir una cubierta enorme en su país. Le di la referencia de un joven que había recuperado la técnica en el Prepirineo oscense. Hace días me enviaron imágenes de cómo está quedando prácticamente terminado…
O las técnicas constructivas del adobe y el tapial, originalmente árabes. A Hilario Artigas, al que filmé hace años, lo contrató más tarde el Colegio de Aparejadores para impartir clases a sus colegiados. Para los arquitectos y diseñadores de interiores, los oficios siempre serán un recurso muy socorrido ya que aportan una impronta diferenciada que singulariza y/o personaliza un espacio.

—Y como testigo de excepción de la evolución de los oficios, ¿cómo percibes la presencia creciente de nuevas tecnologías en su día a día?
—Es un hecho irreversible y, a nivel técnico, su aportación en cuanto a producción, pero sobre todo a diseño, es muy sensible. No obstante, en las ferias que visito, he comprobado que, más allá de la tecnología, la creatividad es enorme y contrarresta cualquier producto convencional en serie. Si alguien desea algo personalizado y con cierta estética ¡tiene dónde elegir…! Y hablamos de gente joven…
Por ejemplo, en el ámbito del diseño o del uso de fibras y/o tejidos para indumentaria, recibí la visita de unos chicos que habían estado en la India, Nepal y otros países recuperando procesos del cáñamo. Como grabé en dos ocasiones detalles del cultivo en Triste (Huesca) y, además, allí está Marie Noelle Vacher –que no solo trabaja con tintes sino que, ya en los 80, recuperó un telar de tiro−, pues los puse en contacto. Ya están diseñando mochilas de cáñamo, que colorean además con tintes naturales. O las mujeres de la Asociación de Amigos do Liño de Baio (Zas, A Coruña), lideradas por Carmen Riveiro, y que llevan trabajando años ya con mucho entusiasmo recuperando todos sus procesos, cultivo incluido.

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Víctor Pérez concluyendo una jaula de caña para pájaros (La Palma), 1998. 

—¡Estás a la última, vaya! ¿Sigues filmando oficios o lo harás pronto?
—Estoy solo y tengo la edad que tengo; aun así, soy un jubilado activo. Actualmente estoy entregado a la serie Los fogones tradicionales (Canal Cocina). He hecho algún documental, como a un colchonero y esquilador de Navarra; y, en breve, grabaré a unos jóvenes que han recuperado la artesanía del fieltro. De hecho, tienen un catálogo de productos de uso cotidiano muy curioso: capas, pantuflas, fundas para jabón… También he previsto filmar a un cerero en Pamplona que está a punto de dejar la actividad.

—Pero de lo que no hay duda es que tienes una legión de seguidores…
—Es cierto. Hace un rato eché una ojeada a los números y ayer registramos 200.000 visionados en un solo día y más de 1.000 nuevos suscriptores… El canal está funcionando de maravilla. Por otra parte, el público agradece que alguien se haya preocupado de registrar oficios que se podían perder. Sobre todo latinoamericanos, puesto que en sus respectivos países todavía siguen vigentes bastantes actividades tradicionales. Hemos subido el vídeo de cómo se hacían las veletas para coronar tejados o cómo se reparaban los organillos callejeros típicos y la verdad es que han causado furor.

—Por cierto, ¿cuánto duran las entregas? ¿Son cortos o mediometrajes?
—Hay un poco de todo. Los últimos, sin embargo, son de mayor duración porque, entre otras cosas, me implico mucho más aún. El relato de cómo se hacen unos pendientes de filigrana no puede durar lo mismo que el de una silla de montar de un guarnicionero… Y no digamos un carro, como en la entrega que filmé en Mecerreyes (Burgos). Hacer una rueda ya es un proceso de ingeniería –que, a todo esto, suponía un mes de trabajo−, que sorprende incluso a matemáticos o ingenieros por la precisión al construir el buje con sus rayos o las pinas para los aros de hierro.
Es decir, que la duración siempre ha estado en función de la temática, del propio oficio… Pero lo que me llama la atención, y me congratula, es la satisfacción del público con los narradores, que su locución les emocione. Siempre creí que era esencial.

Palilleiras de Camariñas (A Coruña) haciendo encaje de bolillos en el puerto, 1997.

—¿Qué presientes que sucederá con los oficios?
—Aunque a pequeña escala aún, poco a poco están emergiendo un sinfín de actividades artesanales. Por otro lado, hay que pensar en la infinidad de oficios que dependían de la agricultura, la ganadería o la pesca: seguro que su reconversión nos deparará más de una sorpresa. Al artesano que hacía horcas en un pueblo de Lleida al que filmé hace tiempo, le ha sucedido su nieto, matemático. Incluso acude a vender a ferias…
¿Qué necesidad tendrá este hombre? Pues ninguna, pero en este caso hablamos de arraigo sentimental, de respeto absoluto por esa tradición que representa su abuelo. ¿Y qué decir de la vertiente terapéutica de ciertos oficios como la cestería, el textil o la producción de papel artesanal? ¿O de su valor como herramienta de integración social de determinados colectivos? En cualquier caso, larga vida a los oficios.

—Para concluir, me llama la atención el cariño con el que has aludido a artesanos de Aragón y de Huesca en particular. ¿Qué les presagias?
—La artesanía hay que valorarla en su justa medida y ser consciente de todos los procesos que lleva implícitos. En el caso de un alfarero como Raimundo Abió (Bandaliés, Huesca), por ejemplo, es el trabajo de preparación en el alfar, el torno, la cocción, la mano de obra intensiva… Hay que considerar todo eso cuando el artesano pide un precio. Y la artesanía aragonesa tiene todo el futuro del mundo porque, entre otras cosas, hay muy pocos artífices ejerciendo.

Accede al canal de Eugenio Monesma en Youtube aquí.

Un reportaje de Miguel Bertojo.