De Wit. Maestros tejedores, conservadores diligentes

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El taller de restauración de De Wit.

De Wit, Koninklijke Manufactuur van Wandtapijten, es la última real manufactura tapicera todavía operativa en Bélgica. Fundada en 1889, en las últimas tres décadas ha modulado sin embargo su actividad original de tejeduría de nuevos modelos y réplicas de época. Los costes de producción y la exigua demanda precipitaron su conversión sobre todo en atelier de reparación, conservación, restauración –con diferentes metodologías− y limpieza de tapices históricos. El hecho es que, antes o después, los tapices de cierto valor de prácticamente todo el mundo recalarán en sus instalaciones…

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Una de las salas de exposición de los tapices históricos, con un telar de bajo lizo.

Los tapices flamencos

Ni los bruselenses de hoy podrían imaginar cómo, entre los siglos XIV y XVIII, bullía la actividad textil, estratégica en el comercio europeo, en su entresijo de callejas. Y tampoco hasta qué grado los tapices de los antiguos Países Bajos del Sur: la actual Bélgica –y sus cinco polos de producción: Brujas; Tournai, en Valonia; y Amberes, Oudenaarde y Brujas, en Flandes− o Lille, en el norte de Francia, fueron la expresión más sublime de arte para los poderosos de toda Europa: desde Rusia a Italia o España.

Los talleres dispersos por estas regiones tejieron ¡decenas de miles de tapices figurativos! Tal era el prestigio del oficio, que los tapices solían constar en primer lugar en los inventarios del patrimonio de reyes y nobles, testimonio de su nivel de riqueza, poder e, incluso, conocimiento o cultura. Los ejemplares que han soportado el paso del tiempo siguen, aún hoy, colgados en palacios, museos e instituciones de toda Europa y América.

Además de contrarrestar la humedad y el frío que traspasaban los austeros muros de piedra de los viejos castillos y palacios medievales, colgar tapices de grandes maestros con una intencionalidad estética, pero sobre todo decorativa, era todo un sello de distinción: Carlos I de España viajaba con nada menos que 96 tapices flamencos para decorar los palacios en los que pernoctaba…

Los tapices se tejían por series que ilustraban un hito histórico, una trama de carácter mitológico, una biografía… Si tenían éxito, se replicaban las veces necesarias o se alteraban incluso sus diseños primitivos a demanda del cliente. Patrimonio Nacional posee una serie completa de la vida de Ciro, fundador del imperio persa en el siglo VI a.C.: cinco decoran el palacio de La Granja, uno el de Aranjuez y, los cuatro restantes, el Palacio Real.

Un maestro tejedor producía al día el equivalente a la superficie de una mano con los dedos abiertos: un m2 en seis semanas. No obstante, varios artífices podían trabajar simultáneamente en un mismo tapiz. En cuanto a la rúbrica, o sello de origen, además del distintivo del taller también solía figurar la ciudad o el telar empleado: bajo lizo, popular en Flandes; o alto, habitual en Brujas.
En cualquier caso, el saber tapicero se extendió años después por Europa con la fundación de manufacturas como la Arazzeria Medicea florentina; la Manufacture Royale des Gobelins parisina; la Real Fábrica de Telas de Mortlake, al oeste de Londres; o la madrileña Real Fábrica de Santa Bárbara.

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Un aspecto de la exposición de tapices contemporáneos en el bajo cubierta de la abadía.

De producir tapices a conservarlos y restaurarlos

La historia de De Wit se contextualiza en el posterior devenir de la tradición tapicera europea. La Revolución Francesa, y la ulterior invasión de Bélgica, supuso no solo la liquidación del estilo de vida aristocrático, sino también de las fábricas de tapices e, incluso, del oficio… Paradójicamente, ¡los franceses mantuvieron la tradición y el saber en su país! De hecho, dos galos, los hermanos Alexandre y Charles-Henri Braquenié, lo reintrodujeron en 1860 con la apertura de su manufactura en Mechelen.

Theophiel De Wit (1863-1941), el fundador de la saga, empezó de hecho como aprendiz precisamente en Braquenié, entre 1874 y 1889. Tras casi treinta años avezándose en el oficio, se apuntó sus primeros éxitos empresariales complaciendo los gustos locales por las reproducciones y variaciones de tapices clásicos, sobre todo del gótico tardío. Años después, ya con su hijo Gaspard (1892-1971) al frente, la manufactura triplicó tanto el número de empleados como el de telares en activo.

Aunque en los años 20 del siglo pasado los franceses tejían ya con cartones de artistas de la época, la política de De Wit al respecto fue por el contrario más conservadora. Curiosamente, aunque con ayudas públicas, fue una de las pocas tejedurías que sobrevivió a la crisis del 29. Finalmente, se atrevió con diseños contemporáneos, pero como algo secundario y siempre fiel a la estética prerrenacentista. Aunque siguió atendiendo a su clientela más nostálgica, tras la II Guerra Mundial dio el salto a la modernidad: en los 60, los tapices contemporáneos representaban el grueso de su catálogo.

Antes de licenciarse en Historia del Arte, Yvan Maes (1950), nieto de Gaspard y actual presidente de De Wit desde 1980, recibió de su abuelo formación previa como maestro tejedor y restaurador. Al descender la demanda de tapiz contemporáneo, y puesto que el interés por lo antiguo no cesaba, vislumbró la oportunidad de la manufactura en un centro de ornato y restauración con tecnologías no invasivas. Desde 1991, su método patentado de limpieza de tejidos artísticos por succión es ya una referencia por su eficacia eliminando la suciedad y minimizando, además, riesgos de deformación o rotura por acciones mecánicas inadecuadas.

De Wit es hoy el único atelier privado capaz de competir, según los estándares internacionales, con las instituciones que operan el ámbito. De hecho, asea más de 150 tapices de media al año: entre ellos, ejemplares históricos como La dama y el unicornio, del Museo de Cluny de París; Le Dais, de Carlos VII, del Louvre. Su hijo, Pierre Maes (1980), actual director de la manufactura y quinta generación ya de la saga, lidera hoy a un completo equipo de más de 25 profesionales: desde tejedores expertos en bajo lizo, historiadores del arte, restauradores…

Además del Louvre, museos de todo el mundo le confían de hecho sus piezas de prestigio: el Mobilier National-Manufacture des Gobelins parisinos, el Victoria&Albert Museum londinense, el Rijksmuseum de Amsterdam… De Wit también organiza exposiciones como ‘Tissus d’Or’, con el Rijksmuseum y el Bayerisches Nationalmuseum de Munich (90.000 visitantes), o ‘Los honores’, con Patrimonio Nacional (93.000 visitantes); y participa en ferias como Brafa o Tefaf.

Tras 128 años de actividad ininterrumpida, la reputación internacional de la manufactura es hoy inapelable en cuanto a gama de servicios −análisis histórico e iconográfico, tasación y compra/venta, mantenimiento, instalación y/o desmontaje o almacenamiento de tapices−; al uso de técnicas reversibles de conservación, consolidación, integración, revestimiento o restauración; o a la investigación y desarrollo de tecnologías sostenibles de mejora estética.

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Cámara de lavado y ornato de De Wit. La tecnología y el esfuerzo en I+D al servicio de la conservación de tapices y textiles de época.

El método De Wit de limpieza de tapices y textiles antiguos

El proceso tiene lugar en una cámara de lavado dotada de un sistema de vaporización cenital, y otro de aspiración (o succión) a ras de suelo. Dispuesto sobre una superficie de trabajo, el tapiz se vaporiza con una solución de agua blanda y jabón detergente de conservación. El agua que penetra el tapiz se extrae, ya sucia, por aspiración o succión. Sucesivos análisis de pH y conductividad del líquido muestran la eficacia del lavado: el pH, ácido al principio por la suciedad, poco a poco pasa a neutro; y su conductividad, alta al principio, desciende y se estabiliza una hora después.

La segunda etapa, con la cámara ya abierta, comienza con un cuidadoso cepillado manual para ablandar del todo hollín o suciedad: el tapiz se enrolla en un tubo hasta la mitad y se cepilla –y rocía− del revés; acto seguido, se repite la operación con la otra mitad. Tras diez minutos de aerosol y succión, será el turno del envés. A continuación se enjuaga el tapiz durante 2 horas y media: primero con agua blanda y, después, con agua desmineralizada hasta que suciedad y acidez desaparecen. Con el agua ya cristalina, se seca hasta en tres ocasiones con una suerte de toallas enormes y papel film secante. Tras succionar a 30ºC durante dos horas, el tapiz reposará in situ toda la noche.

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La abadía de Tongerlo (Bélgica), sede de la factoría De Wit.

La sede de la manufactura

En 1986, De Wit se estableció en Tongerlo, en una abadía-bastión de finales del siglo XV y propiedad de los monjes norbertinos –por Norberto de Xanten, su fundador en 1120−, para proteger a los canónigos en tránsito de rufianes, epidemias, soldadesca rebelde… La Revolución Francesa asoló tales refugios y la abadía mudó en cuartel. Más tarde, en museo religioso 30 años: de hecho, las losas sepulcrales de su jardín renacentista provienen de sus fondos. Curiosamente, sus flores y plantas aparecen repetidamente en los viejos diseños de la manufactura.

Más allá del enorme tapiz de 40 metros cuadrados colgado en el vestíbulo de la abadía, en sus salas de exposición se pueden contemplar, y admirar, más de una treintena de tapices de sus fondos, que rotan periódicamente, de épocas y orígenes diversos: desde el más antiguo, de 1420, hasta ejemplares más recientes como Procession des pénitents de Furnes (1937), tejido ex profeso para la Exposición Universal de París.

Un reportaje de Miguel Bertojo.